Miedo
Decidí jugármela y quizás perdí. Te esperabas otra cosa, no lo sé, tampoco sé cómo piensas. Debo ser medio gilipollas, porque después de una bofetada siempre pongo la otra mejilla. Llevo meses esperándote, imaginándote. Las cosas nunca salen como uno las planea. Sigo el rumbo que marca mi corazón, siempre hablo en serio, me dejo llevar y me dejo hacer, soy un kamikaze. Pensé que si tú sabías cómo soy, yo iba a jugar con ventaja, pero me volví a equivocar, como no. Mi docilidad tampoco te emociona, ni siquiera mi honestidad brutal. Creo que contigo me equivoqué de parte a parte, pero salgo a flote: es sólo una muesca más, un golpe más. Pronto volveré a poner la otra mejilla.
Por qué cuando pienso en ti duele. Siento un pinchazo, un temblor, un escalofrío, se me cierra la garganta y no me deja hablar como quisiera. Eso no se controla. No consigo evitar esa borrachera de sensaciones cada vez que te veo. Deberíamos cruzar fuerte los dedos por si acaso, no por la suerte, sino para que el dolor nos recuerde que seguimos ahí.
Colecciono momentos, pero creo que olvidé lo que era olvidar. Me siento como un viejo coche parado en el garaje, que tuvo buenos y malos tiempos, que fue capaz de tanto y se quedó en tan poco. Ahora no sólo no es capaz de andar, sino que al moverlo, al sentarnos a imaginar carreteras sin fin ante el volante, las piezas oxidadas chirrían dejando bien patente la certeza de que sólo existe un rumbo. Y no es necesariamente aquel que siempre soñamos. Si tus ojos levantan un muro, no intentaré derribarlo con palabras. No se debería tratar de regresar al lugar dónde se ha sido feliz. Pero tengo claro que no quiero volver a perderme en caminos pedregosos, de esos que sólo conducen a compañías de camas frías y domingos vacíos.
Esperar algún mensaje tuyo y al mirar la bandeja de entrada sólo aparece propaganda; más allá duermen mis monstruos.
No importa como haga, siempre acabo mirándome en un espejo roto en mil pedazos y nunca sé, entre todas las imágenes de mi, cuál es realmente la auténtica. Y me pregunto cómo me has imaginado, como me has dibujado, qué has visto en mi y qué no te he dejado ver.
Me consuela saber que no existen las huídas perfectas, porque no serías capaz de cerrar la puerta, respirar hondo y no mirar atrás.
No te imaginas el miedo que tengo a que llegue el dia en que me olvides, a que se acabe lo que sea eso que sientes por mi. Esa sensacion me atormenta cada dia, cada instante. Que ya no me necesites de alguna manera, que ya no me eches de menos. Es un tormento. Tengo tantas cosas que decirte, que vivir contigo y tanto miedo de perderte...
Esperar siempre acaba por ralentizar tanto las palabras que a veces terminamos por olvidarlas. Y olvidarnos de nosotros mismos.
Por qué cuando pienso en ti duele. Siento un pinchazo, un temblor, un escalofrío, se me cierra la garganta y no me deja hablar como quisiera. Eso no se controla. No consigo evitar esa borrachera de sensaciones cada vez que te veo. Deberíamos cruzar fuerte los dedos por si acaso, no por la suerte, sino para que el dolor nos recuerde que seguimos ahí.
Colecciono momentos, pero creo que olvidé lo que era olvidar. Me siento como un viejo coche parado en el garaje, que tuvo buenos y malos tiempos, que fue capaz de tanto y se quedó en tan poco. Ahora no sólo no es capaz de andar, sino que al moverlo, al sentarnos a imaginar carreteras sin fin ante el volante, las piezas oxidadas chirrían dejando bien patente la certeza de que sólo existe un rumbo. Y no es necesariamente aquel que siempre soñamos. Si tus ojos levantan un muro, no intentaré derribarlo con palabras. No se debería tratar de regresar al lugar dónde se ha sido feliz. Pero tengo claro que no quiero volver a perderme en caminos pedregosos, de esos que sólo conducen a compañías de camas frías y domingos vacíos.
Esperar algún mensaje tuyo y al mirar la bandeja de entrada sólo aparece propaganda; más allá duermen mis monstruos.
No importa como haga, siempre acabo mirándome en un espejo roto en mil pedazos y nunca sé, entre todas las imágenes de mi, cuál es realmente la auténtica. Y me pregunto cómo me has imaginado, como me has dibujado, qué has visto en mi y qué no te he dejado ver.
Me consuela saber que no existen las huídas perfectas, porque no serías capaz de cerrar la puerta, respirar hondo y no mirar atrás.
No te imaginas el miedo que tengo a que llegue el dia en que me olvides, a que se acabe lo que sea eso que sientes por mi. Esa sensacion me atormenta cada dia, cada instante. Que ya no me necesites de alguna manera, que ya no me eches de menos. Es un tormento. Tengo tantas cosas que decirte, que vivir contigo y tanto miedo de perderte...
Esperar siempre acaba por ralentizar tanto las palabras que a veces terminamos por olvidarlas. Y olvidarnos de nosotros mismos.

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