martes, diciembre 04, 2007

Coordenadas

Qué bueno fue verte de nuevo, poder hablarnos sin temor. Te lo había dicho: no tenía porqué cambiar nada. Yo, nervioso como la primera vez, pero con tan solo dos sorbos y tu serenidad en las palabras ya podía sostener la pistola con una sola mano. Ya he conseguido convencerme de que si multiplicamos mi cariño por tus ganas no nos va a dar más que cero. Nada de lo que nos rodeaba conseguía arrancarte esa espina que me pedía siempre ir un paso más lejos, preguntarnos qué había detrás del horizonte. Así que no tardaste en hacer las maletas y desvanecerte en la niebla, como en un truco de magia.
Recuerda que tu tranquilidad es también la mía, y tú has vuelto a contar conmigo como lo hacías al principio, como si esto sólo hubiera sido un sueño del que te acabaras de despertar y del que a la hora de comer ya ni lo recuerdas. Pero el tiempo pasa, hoy todos los héroes están cansados, llevo tanto tiempo buscándote que estoy demasiado lejos de mi punto de partida y lo único que he descubierto es que no merece la pena. Ojalá hubiese llegado a esta conclusión un segundo después de que te fueras. Y sé que prefieres los abrazos a las palabras, aunque si te dieran a elegir te quedarías con las dos mitades del amor. Ninguna palabra mía es comparable a un abrazo, pero recuerda que te di todos los abrazos que tenía y ahora sólo me quedan las palabras.

Hay que empezar desde abajo, como el primer día. Como ves, nosotros seguimos siendo los mismos, cogemos el teléfono con la misma mano y tengo el mismo temblor en la voz. Cuéntame algo que nunca haya ocurrido, invéntanos un pedacito de futuro incierto. Quiero seguir siendo tu confidente, porque has demostrado cuánto confías en mi desvelándome cosas que sólo los elegidos saben. Yo, metido en mi papel de confidente y amigo fiel, crearé para ti un sonido para cada uno de tus momentos, para que nunca te falle la banda sonora ni creas que bajo tus pies sólo hay precipicio.

Seguiste hablando mientras alimentabas un cigarrillo con el cadáver de otro. Y no lo imaginas, pero cada una de tus palabras abre mil puertas, llenando mi silencio de ideas y derribando mis defensas. En momentos así echaba en falta una buena respuesta, habitualmente aparecen varias horas después y ya no merecía la pena, nada tenía demasiado sentido. Aparecen aquí y en las madrugadas, donde me desahogo. Desearía no necesitar lápiz ni papel cada vez que quisiera abrazarte.

Hoy soy un poco más optimista en todo. Puedo volver a verte, llamarte, contarte, cuidarte, aconsejarte. Son privilegios de un buen amigo y eso lo tengo muy en cuenta. Me miras y tiemblo un poco, tal vez porque sé que eres la única persona capaz de desmontar toda la estructura que me permite seguir mirando hacia delante con sólo parpadear y esa forma de sonreír. Al fin y al cabo, sólo soy un par de manos abiertas, palmas hacia arriba, extendidas sobre la mesa. Tan inofensivo como pintar un amanecer del color de tus ojos. Y de vez en cuando contarte un poquito, apenas una diapositiva, acerca del chico que buscaba la felicidad armado con un cazamariposas y media sonrisa.

Volvimos a pisar un territorio que los dos reconocíamos, a pesar del tiempo y de los golpes que nos habían alejado demasiado. Por eso cuando te miraba no podía parar de sonreír, de besar cada gesto tuyo inconscientemente, como si hubiera aprendido a hacerlo de niño y no fuese algo controlado. Sólo quedamos tú y yo, como la primera vez. Esa noche fui feliz, tuve a mi gran amiga a mi lado, la que inconscientemente me ayudó a salir del pozo. Tan sólo un instante mantenido durante toda una noche, preguntándome cuánta felicidad me puedo permitir sentir en un segundo y alargar ese brillo hasta convertirlo en horas. Quiero vivir dos veces…

Nos conocimos por dentro antes que por fuera, y por eso hay ciertas cosas que nunca te digo, que no caben en ninguna lista porque están flotando en el aire, en un equilibrio imposible en el que nadie es capaz de asegurar si eres frágil y te estás haciendo la dura o todo lo contrario, o tal vez depende del momento. Pero gracias a todo esto puedo conocerte mejor que cualquiera de esa gente que te rodea y que es más rápida que yo en tender sus gabardinas en tus charcos para que no te mojes.

Porque yo sé que, princesa de los besos a medias, estás acostumbrada al borrón y la cuenta nueva; eres experta en empezar de cero y si lo necesitas puedes darnos un par de clases particulares sobre cómo caer de pie.

Que vuelves a reinventarte una y otra vez cada domingo por la mañana, porque bailas tan lejos de todos y de todo que nadie es capaz de entender por qué estando siempre tan bien rodeada te sientes a veces tan sola.

Que no soy el único que lo nota, que cualquiera puede estar contigo durante dos minutos y decidir darle a su vida un nuevo rumbo, hacia una orilla más luminosa y tranquila.

Que al mismo tiempo hay muchos que son incapaces de leerte, como todos los que te llevaban prendida del brazo, un trofeo de caza para ojos fácilmente impresionables, que creían conocerte tan bien que nunca te preguntaban nada.

Que conozco a hombres que salen corriendo con sólo pensar en mirarte a los ojos. Lo peor de todo es que tú eres consciente de que provocas reacciones inesperadas, al fin y al cabo las calles por las que pasas siempre tienen todas las farolas encendidas aunque sean las 3 de la tarde.

Que eres diferente, completamente distinta al resto. Con un brillo propio, que nace de la propia oscuridad de tu voz. Siempre escondida tras un monólogo permanente cargado de gestos que se pierden en el aire, dibujos que flotan y yo intento adivinar mientras sonrío en silencio. Hay una verdad oculta, tu capacidad para transmitir emoción está detrás de tus miradas fulminantes y mis silencios elocuentes. Si tuviera que definirte música, seguramente estarías compuesta a base de tu forma de callar, de tus parpadeos como mapas del tesoro.

Que cuando yo tengo un día jodido y tu me saludas con una sonrisa o poniendo carazas ya se me pasaba un poco.

Que eres una tormenta. Te precede una calma pero algo se arremolina en tu interior y estalla arrasando con todo lo que se te ponga delante. Lo bueno es que cuando termina la tempestad empieza de nuevo la calma. Es cuando toca recoger los destrozos; pero sobretodo es cuando hay que abrazarte muy fuerte y que escuches.

Que te llenaste la voz de orillas accidentales al intentar llegar antes que tu sombra a la felicidad, y ahora repartes sonrisas como paraguas contra este cielo gris que nunca te hace justicia.

Que a veces vas acumulando tensiones y luego explotas, te da lo mismo a quien salpicas, y es una de las cosas que aunque no sea muy buena me fascina. Eres apasionada hasta para un enfado, se te va la vida en ello.

Que puedes estar sufriendo mucho y los demás seguro que ni nos enteramos. Lo ocultas muy bien y es muy difícil saber qué piensas.

Que un grano de tu arena vale más que todas las estrellas fugaces juntas.

En definitiva, que eres frágil y fuerte. Eres la contradicción personificada. Eres la chica triste que siempre me hace reír.

Yo juego a equivocarme y tomar la dirección incorrecta una y otra vez, en la certeza de que si aumentamos las distancias, acabaremos coincidiendo en el punto diametralmente opuesto. Por eso, para que de vez en cuando recibas mi señal de sonar, te dejo por escrito cada descarga eléctrica tal y como nació, sin adulterar. Sin conservantes ni colorantes.
Cuando te estés ahogando en pleno océano de arena, levanta los brazos para que pueda verte desde la copa de mi árbol y lanzarte una cuerda.

Estar a gusto con alguien es casi un privilegio y los días de lluvia son para compartirlos. Si algún día te encuentras perdida pídeme que te rapte y huyamos a ese bar donde recuperé la sonrisa.
Vete, pero poco. Qué difícil es desprenderse de tu presencia.

Sólo espero que no des un paso más, que sigas siendo la voz en off, igual que la noche del domingo.

Ya no hace frío por dentro, podemos quitarnos los abrigos. Puedo tumbarme junto a ti y ver cómo duermes hasta mañana, si es lo que necesitas.