miércoles, octubre 25, 2006

Mi confesión

Aquel día me hubiera gustado decirte que te fueras, pero no pude, porque a pesar de todo quería seguir teniéndote a mi lado, y me daba miedo decirte hasta que punto te necesitaba. Sentía una rabia terrible, impotencia quizá. Por un momento pensé que iba a hacer como San Pedro y lo ibas a negar 3 veces, pero tan sólo fueron 2, porque a la tercera reconociste que tu corazón lo ocupaba otra persona. Tu corazón, aquel que decías que jamás sentiría nada serio por nadie. Y yo, por despecho, hice lo que mejor se hacer, esconderme tras los brazos de otra persona con el afán de ni sentir ni padecer. Tonto de mi. Empecé a recordar todos los viejos truquitos que saqué de una chistera imaginaria, con risas y sonrisas, palabras galanes, caricias, roces, besos y sentimientos que había aprendido a manejar a lo largo del tiempo. Y tú, público o cómplice que aplaudía fiel la actuación. Pero llegó el momento en que no me quedaban más trucos que ofrecerte. Empecé a sentirme pequeño y lo único que quería era abrazarme a ti. Pero esta vez un abrazo sincero, que creo que nunca te lo di. Eres mi amiga, pero también con quien quiero estar. Porque a veces pienso que he perdido un poco el tiempo. Te había encontrado y lentamente te había perdido. Me dí cuenta de lo importante que ibas a ser para mi uno de los días más tristes de mi vida. Allá, en la alameda, hace casi 5 años, cuando no quería que nadie me viera llorar, pero no pude hacer nada para evitarlo. Entonces llegaste tú, te sentaste a mi lado, vi tu cara de tristeza (mis lágrimas son muy contagiosas) y fuiste el cielo que yo quería cuando te pusiste a hablar.
Ahora no sé si vas a volver, si algún día estuviste, o si tendré que ir a buscarte yo.